Código Secreto del segundo piso
La puerta metálica abre su compás
y ahí estás tú entre el gris del traje
y una carpeta llena de papeleos.
Y de pronto este cubo de espejos y luz fría
deja de ser ascensor de banco
para volverse la ópera de mi día.
Un amor a primera vista, sin aviso.
No es la oficina, ni el café, ni la calle;
fue la planta baja, subiendo al segundo piso.
Un flechazo entre la urgencia de un depósito
y la música incómoda que suena.
Un microclima, un secreto, un tic-tac de emergencia.
Yo pienso en tasas, en plazos, en el débito;
tú ajustas tu corbata, revisando el reloj.
Y en ese medio metro que nos separa,
mi mente olvida el Costo Financiero Total
y solo calcula el tiempo
que te vas a quedar a mi lado.
Dos segundos, dos pisos. Una vida entera.
Cuando dices "permiso" con esa voz calmada
y sales a cumplir tu día de adulto,
dejas flotando algo en el aire:
la prueba de que la vida, incluso en el banco,
tiene derecho a un poco de poesía
y a una esperanza que sube y no baja.
¡Gracias, ascensor! Ahora sé que existen
cosas más importantes que el extracto del mes y que la rutina laboral.
Dra. Alice Arce Aguilera


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