El Calor de un Encuentro en la Plaza Roja





El viento helado de Moscú azotaba con furia la Plaza Roja, pintando de blanco los tejados de las iglesias y congelando el aire en cristales efímeros. Sofía, una joven paraguaya de la ciudad universitaria, San Lorenzo, se abrazaba a sí misma dentro de su abrigo, sintiendo el frío penetrar hasta los huesos. Había venido a Moscú con el corazón lleno de sueños y la maleta repleta de esperanza, pero esa tarde, la inmensidad de la plaza y la gélida atmósfera la hacían sentirse pequeña y un poco perdida.

Mientras observaba el majestuoso Kremlin, sintió una presencia a su lado. Era un joven de cabello rubio y ojos azules como el cielo invernal, vestido con un gorro de piel que cubría sus orejas. Le sonrió, una sonrisa cálida que pareció disipar un poco el frío.

"¿Disfrutando de la vista o luchando contra el frío?", preguntó él en un ruso suave, con un ligero acento que Sofía reconoció como el de Moscú.

Sofía, sorprendida por la amabilidad, respondió en un español entrecortado: "Un poco de ambas cosas. Es... impresionante, pero muy frío."

El joven rió, un sonido agradable que resonó en el silencio de la plaza. "Soy Dimitri. Y sí, el invierno moscovita tiene su carácter." Extendió una mano enguantada. "Permíteme ofrecerte un poco de calor. ¿Quieres un té caliente? Hay un puesto cerca de San Basilio."

La invitación era inesperada, pero la calidez en los ojos de Dimitri la hizo sentir segura.
Asintió y juntos caminaron hacia un pequeño puesto humeante. Mientras Dimitri pedía dos tés de hierbas, Sofía no podía dejar de admirar la escena: la imponente muralla del Kremlin, las cúpulas multicolores de San Basilio brillando bajo el cielo gris y la figura de Dimitri, que de alguna manera, le recordaba a los atardeceres cálidos de su tierra natal.

Sentados en un banco cercano, con las tazas humeantes entre las manos, comenzaron a hablar. Dimitri le contó sobre su vida en Moscú, su amor por la historia, la literatura y la arquitectura de su ciudad. Sofía, a su vez, le habló de Paraguay de sus ríos de la calidez de su gente de la música y de los sabores que extrañaba. Descubrieron que a pesar de la distancia geográfica y cultural, compartían una curiosidad insaciable por el mundo y un deseo de encontrar belleza en los pequeños detalles.

El frío de la Plaza Roja parecía desvanecerse con cada palabra compartida. La conversación fluía con una naturalidad sorprendente, como si se conocieran de toda la vida. En medio de la vastedad helada, habían encontrado un pequeño rincón de calidez, un espacio donde dos almas de mundos diferentes se conectaban.

Cuando el sol comenzó a ocultarse, tiñendo el cielo de tonos rosados y anaranjados, sabían que debían despedirse. Dimitri tomó la mano de Sofía, sus dedos enguantados rozando la tela de su abrigo.

"Ha sido una tarde mágica, Sofía", dijo Dimitri, sus ojos reflejando la luz del atardecer. "Me gustaría mucho volver a verte."

Sofía sintió un vuelco en el corazón. "A mí también, Dimitri."

Intercambiaron números y mientras se alejaban en direcciones opuestas, ambos llevaban consigo el recuerdo de un encuentro inesperado en el corazón de Moscú. El frío de la tarde ya no era solo un elemento del paisaje, sino el telón de fondo de un nuevo comienzo, el calor de un amor que acababa de nacer en la gélida pero hermosa Plaza Roja.

Dra. Alice Arce Aguilera

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