El aroma a café y las melodias de aquel amor





El aroma a café recién hecho se mezclaba con el murmullo de la ciudad que despertaba. Sofía, sentada en su rincón favorito de la cafetería, observaba la lluvia golpear suavemente el cristal. Quince años habían pasado desde la última vez que vio a Mateo, su amor de juventud. Quince años desde aquella despedida agridulce en el aeropuerto, él con su guitarra a cuestas y ella con el corazón hecho pedazos. Él emigró buscando su sueño musical y ella, bueno, ella se quedó con las melodías que él solía tocar solo para ella.

La vida, caprichosa, la había llevado por senderos de romances fugaces y promesas rotas. Cada vez que intentaba construir algo nuevo, algo sólido, las piezas parecían desmoronarse. Y en esos momentos de desilusión, su mente, sin quererlo, viajaba en el tiempo.

Recordaba las tardes en el parque, las risas cómplices bajo el sol de verano, las noches estrelladas donde Mateo le dedicaba canciones improvisadas. Él, con sus dedos ágiles sobre las cuerdas, creaba melodías que parecían hablar directamente a su alma. Ella, con los ojos cerrados, se perdía en cada nota, sintiendo que su amor era tan eterno como la música misma.

Hubo una vez, hace unos años, que conoció a un hombre encantador, un arquitecto que le prometía estabilidad y un futuro brillante. Durante meses, Sofía intentó convencerse de que él era el indicado, que esa era la vida que debía construir. Pero cada vez que él hablaba de planes a largo plazo, de ladrillos y cemento, ella escuchaba el eco de la guitarra de Mateo, el ritmo de sus sueños. Un día, mientras él le mostraba los planos de una casa que construirían juntos, ella se dio cuenta de que esa casa no tenía espacio para las melodías que resonaban en su corazón. La relación terminó y en la soledad de su apartamento, se preguntó si algún día podría amar a alguien que no fuera él.

Otra vez, se enamoró de un artista bohemio, apasionado y lleno de vida. Parecía que finalmente había encontrado a alguien que entendía su alma sensible. Compartían noches de poesía y conversaciones profundas hasta el amanecer. Pero cuando él le pidió que dejara todo y lo siguiera en una aventura sin rumbo fijo, Sofía sintió el mismo vértigo que sintió aquel día en el aeropuerto. La libertad que él proponía, para ella, se sentía como una huida. Recordó la disciplina y la perseverancia de Mateo, su dedicación a perfeccionar su arte. Se dio cuenta de que el amor, para ella, no solo era pasión, sino también compromiso y un camino compartido hacia un sueño. Esa relación tampoco prosperó.

Hoy, mientras el café se enfriaba y la lluvia caia,  Sofía suspiró. La gente que la rodeaba hablaba de sus vidas, de sus parejas, de sus planes. Y ella, una vez más, se encontró pensando en Mateo. No era que aún lo esperara, no realmente. Era más bien que su recuerdo se había convertido en un faro, una brújula interna que la guiaba en la búsqueda de un amor que resonara con la misma autenticidad y profundidad que la música de él.

La moraleja que su corazón le susurraba, una y otra vez, era simple pero poderosa: El amor verdadero no se trata de encontrar a la persona "perfecta", sino de encontrar a alguien con quien puedas construir tu propia melodía, una que resuene con la verdad de tu alma. Y a veces, el recuerdo de ese amor que nos marcó, aunque haya pasado, nos enseña la sinfonía que realmente deseamos escuchar en nuestras vidas.

Sofía tomó un sorbo de café, sintiendo una extraña paz. Quizás, solo quizás, el amor de su juventud no había sido un final, sino el comienzo de una búsqueda más profunda de lo que realmente significaba amar y ser amada. Y mientras salía de la cafetería, una leve sonrisa se dibujó en sus labios. El sol empezaba a asomar entre las nubes y en el silencio de su corazón, resonaba una nueva melodía, una que ella misma estaba empezando a componer.

Dra. Alice Arce Aguilera

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